El día que los guiones se robaron mi historia.

Cuando no me interesaba la ortografía, un par de profesores me dijeron la diferencia entre un guión corto y uno largo. Creo que hay algo de eso en un cuaderno de sexto grado que ha sobrevivido al tiempo y la polilla. Nadie me comento que cuando me interesaran los guiones, iba a encontrar cinco tipos de los cuales cuatro no parecen ser útiles.

Cuando comencé a leer no me interesaba demasiado la ortografía. Cuando comencé a escribir, tuve que interesarme. Pero siempre escribí como quise y usé los párrafos como quise. Los diálogos los estructuré como tenían sentido para mí, ya que no tenía internet o "cursos rápidos de ortografía, para gente lenta".

Me acostumbré a ellos y cosas como "Ana: Iré mañana." o colocar el punto final de una frase dicha por un personaje después del guión, me parecían chocantes. No había nada de malo en ellas, pero para mí no tenían lógica, aún cuando esa era la forma usual de hacer las cosas.

Pero ahora tengo internet, y finalmente leí las reglas para usar guiones largos en un diálogo. Para mi propia sorpresa, les encontré sentido y decidí aplicarlas. Tuve que sustituir los guiones cortos que ya había puesto por largos, y probablemente no quedó como debería.

Cuando volví a ver el archivo, creí que no era mío. Incluso iba a cerrarlo para abrir el mío. A veces me dan relatos a leer (es lo que todos hacemos, ¿cierto?) y creí que era uno de esos. Pero sólo tenía apariencia de ajeno porque no eran los diálogos que yo acostumbro escribir.

Antes de sonreír, sentí que había perdido algo. Después de todo, ¿qué hace que las historias sean nuestras si no es nuestra forma de escribirlas?

Por fortuna, ahí estaban las palabras de mis pequeños. Después de pasar horas pensando en como reaccionaría un personaje ante todo lo que yo le puedo poner enfrente, es absurdo pensar que la apariencia sea tan importante.

Lo importante es la esencia, y mantener un estándar para poder entendernos todos.

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