Gente Ingenua


Maricela salió de su habitación, atravesó la sala hacia la puerta de la pequeña biblioteca. En la repisa de los libros prestados, sólo estaba el libro de apoyo de la clase de historia que ella había llevado de la biblioteca. Era muy raro, porque su hermano siempre tenía al menos cinco libros ajenos. Como fuera, ahí no estaba el que buscaba ella.

Miró en todos los estantes, que ya eran cuatro, aunque no entendía como demonios hubiera podido ir a parar ahí el libro de Juan José. La verdad es que no recordaba ni haberlo devuelto, ni los detalles de cuando lo había tenido en sus manos. Pero sí lo había leído, y a su amigo como que el libro lo ayudaba a dormir, porque se veía de lo más urgido en recuperarlo.

En todo lo que llevaban de conocerse, unos siete años, el muchacho había probado ser el blanco perfecto para los cleptómanos, ya que no se fijaba en lo que estaba prestando y a quién, con lo que luego no tenía idea de donde estaba su lápiz, su libro de física, el dinero que necesitaba para pagar el uso del laboratorio... Es que era un mal administrador, y un confiado de primera. No había como hacerle entender que la gente no era de fiar todo el tiempo, y que no podía ir por la vida con los ojos vendados esperando que nadie se lo llevara de encuentro.

Ella lo había visto ser engañado tantas veces, que había empezado a meterse, recordando por él en donde estaban las cosas, por ejemplo... ¿Sería que el libro lo había prestado antes de eso?

Abandonó la salita y pasó buscando su cámara profesional antes de salir de la casa. Ya estudiaría para su examen después de su “hora creativa”. Mientras caminaba por la alfombra de hojas, rumbo al parque, pensaba que aquel préstamo tenía que llevar mínimo dos años, para que el libro no estuviera en la repisa de los libros ajenos... No se le ocurría donde podía estar.

Una vez en el parque, a dos cuadras de casa, se sentó en el respaldar de una banca y comenzó a sacar fotografías aleatorias. En una de ellas un perro blanco, de tamaño mediano, arrastraba a su dueño. Maricela guardó la cámara y saludó al muchacho, mientras el perro daba vueltas alrededor de él, exigiendo continuar la marcha.

– ¿Cómo vas, JuanJo?

– Lo de siempre – dijo él, cambiando la correa de mano para que no se enredara a su alrededor –. Mañana a examen de Historia...

Hablaron de lo habitual y lo inusual, mientras el perro seguía dando vueltas. Comenzó a lamentarse, pero nada, los humanos seguían hablando sólo ellos sabían de qué. Por eso a él no le gustaba esa muchacha.

–Y todavía no hallo “Cianuro Espumoso” –se quejó Juan José cuando un comentario en la conversación se lo recordó.

–¿No? ¡Qué mala suerte!

–¿A vos no te lo he prestado? –dijo él, esperanzado.

–Nop. Ni siquiera llegué a verlo.

Ella misma se sorprendió de lo segura y sincera que había sonado.

–Bueno pues –dijo él, mientras su perro lloraba, enredado en su propia correa entre dos arboles raquíticos que habían sido sembrados demasiado cerca.

Estudió más tranquila esa noche, porque ya no tenía pendiente acordarse donde estaba el libro de Juan José. Pero no sirvió de mucho. Dejó en blanco más de la mitad del examen, y la tercera parte de lo que sí respondió era más invento suyo.

Cuando salió, Juan José la esperaba.

–Para esa barbaridad de información, se diría que estaba fácil, ¿no? –comentó él.

Ella asintió de mala gana.

–Te traje algo –agregó su amigo.

Le extendió un libro de azul, de lomo color morado, que ella consideraba su favorito y que no recordaba haber prestado nunca. Iba a preguntarle cuando se lo había dado, pero el recuerdo llegó sin ayuda. Hacía menos de un año. Ella, que intercambiaba libros porque al prestarlos se pierden, le había pedido cualquier libro a cambio. Él la había decepcionado llevando “Cianuro Espumoso”, el cual había usado para soportar la espera en la estación de buses... y por eso el libro seguía en el bolso que usaba en esos días... Bueno, al menos ya sabía eso.

Supuso que tendría que confesar, pero sería más tarde porque ahora Juan José estaba negándole una pluma al maestro de Historia, que apenas salía del salón, y planeaba ir a firmar asistencia.

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