Justicia en el mundo real

Francamente, no sé si eso pase.
Puedo decir que me gustan los finales inesperados en los libros. Me divierte, me hace el día, darme cuenta de que a un escritor en algún lugar y momento vio que las cosas podían ser diferentes a lo esperado, a lo habitual, más allá de lo rosa o de lo negro.
Pero esos geniales giros, a costa de la justicia para los personajes, me molestan. A menudo, lo acepto como un mal necesario, a veces, la injusticia entorpece algo que pudo ser grande, todo ello a mi juicio, claro, que el asunto del arte es que nadie tiene que compartir la opinión de otro.
Sin embargo, el argumento que siempre pondrán los defensores de los finales injustos es que la vida es injusta. Y ¿que se puede responder a una verdad tan grande? Yo siempre diré que sí, que la vida es dura e injusta, pero por más que me guste ver honestidad respecto a lo dura que es la vida, me fastidia que la literatura también sea injusta.
Si se supone que la literatura trascienda al sitio horroroso en que nos hemos puesto a nosotros mismos dejando que la injusticia se reproduzca libremente a nuestro alrededor.
Está claro que la justicia en una historia dependerá del escritor. Pero, aquí afuera, ¿de quien depende?
Supongo que cada uno de nosotros siembra injusticia en las cosas pequeñas, y como cualquier maleza, esta crece y se convierte rápidamente en algo que nos supera. Supongo que nos da pereza limpiar el jardín una vez que ya se extendió el problema.
No hay mucho que decir de la justicia fuera de la ficción, al parecer.
Hay leyes que se cumplen o no, y hay castigos terribles que llegan a destiempo, con cara de mala suerte, karma, venganza o lo que sea, cuando el infractor ya ni recuerda lo que hizo porque como en el momento se le dejó pasar, a lo mejor hasta creyó que estaba bien.
Pero... a lo mejor ni leyes, ni castigos ni venganzas, tienen nada que ver con la justicia.

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