Entre ronquidos


Taller de escritura "Móntame una escena"
Escena #4: El aeropuerto
El escenario es un aeropuerto en la víspera de Navidad. Hay bastante movimiento de viajeros que comienzan sus vacaciones o regresan a casa por estas fechas. Hay también algún retraso y un par de vuelos cancelados. Entre los pasajeros que aguardan, nos llaman la atención:
Diego: joven estudiante que viene de un país extranjero y está en ese aeropuerto de paso. Acaba de bajarse de un avión y tiene que subirse a otro para llegar a casa, pero acaban de cancelarle el vuelo y no tiene muchas opciones salvo quedarse a dormir en el aeropuerto.
Milagros y Teresa: dos monjas que viajaban a pasar las fiestas con sus familias. Su avión acaba de ser cancelado e intentan convencer a Diego (el estudiante) para que las acompañe de vuelta al convento. No quieren que pase la noche solo en ese lugar.
Matías: un hombre de 75 años que viaja a casa de su hija para pasar allí las fiestas. Le preocupa el retraso. No quiere pasar la que podría ser su última Navidad en un aeropuerto. Se pasa todo el tiempo pendiente del teléfono (en comunicación con su hija) y pendiente de cualquier información que ofrezca la compañía aérea.
Andrés: un carterista que intenta tomar un vuelo para alejarse de esa ciudad lo más rápido posible, ya que le buscan un par de matones a causa de sus deudas de juego.
El relato debía incluir al menos uno de los personajes de la lista, pero ¿por que elegir uno si podían estar todos? 

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Entre Ronquidos

¡Una hora!

La mía no era la espera más larga a decir verdad. Pero eso no era consuelo; al contrario, significaba que podía ser peor.

Me caía del sueño, pero al ver al muchacho que roncaba y babeaba frente a mí, decidí que prefería mantener mi dignidad. En el momento en que estaba registrando mi bolso en busca del monedero, una voz amable y cansada me preguntó si mi vuelo se había retrasado.

—Así es. ¡Una pesadilla!

—¡Dígamelo a mí! —el dueño de la voz era un ancianito de esos a los que quieres llamara "abuelito"—. Esta podŕia ser mi última oportunidad de ver a mi familia completa; todos los nietos estaran juntos por ser Navidad, pero...

De ahí a las fotografías de todos los nietos, hubo unas pocas palabras de distancia. ¡Y yo que andaba con sueño!

Los ronquidos del muchacho, que antes parecían molestos, de pronto eran parte del conjunto somnifero. Decidí fingir que recibía una llamada, pero al dirigir la vista a mi bolso, descuidado a causa de la conversación, encontré a un extraño registrándolo.

—Lo siento —dijo, con una sonrisa avergonzada—. Soy cleptómano. ¿Tu viaje va bien? Es que necesito comprar un boleto y...

—Esta retrasado.

—¡Maldita sea! —más que un grito de enojo, fue un lamento.

—¿Me devuelves mi monedero o debo llamar a los guardias?

—Oh, sí. Toma —me dejó mi billetera intacta, con todos los documentos pero sin dinero.

¡Cleptómano, claro! Y yo nací ayer.

Con tanto problema en el aeropuerto, ni valía la pena reportarlo, además, pronto se perdería entre la multitud.

—Yo creo que se quería robar tu boleto —dijo el ancianito.

No respondí nada, y él se extendió en comentarios sobre esta juventud descarriada.

Mis párpados se cerraban... y entonces el grito "tengo una bomba y aquí nos vamos a morir todos", desató el caos.

Mientras muchos corrían y otros suplicaban, yo fui de las que se tiró al suelo. El abuelito negó con la cabeza, resignado al final; en tanto, unos ronquidos arrítmicos eran ahogados por el bullicio.

La gente se pisoteó entre sí. Los guardias huyeron o sacaron sus armas, y en el ojo del huracán, quedaron dos muchachas, de edades dispares sorprendidas por la reacción de todos.

—Dios mío, —dijo la mayor— ¿ves lo alarmistas que son? Por eso te digo que no me cuentes películas de terroristas en los aeropuertos.

Ahora sólo se oía su diálogo, la respiración agitada del guardia y los que estábamos en el suelo, y los ronquidos del muchacho.

—¿Será que lo dije muy fuerte? —preguntó la otra jovencita, confundida.

Las interrogaron un rato, mientras la gente empezaba a recuperar la calma y unos paramédicos llegaban a atender a algunos individuos que se habían lastimado o que habían tenido desmayos. Poco a poco se reanudaron las quejas por el retraso y todo volvió a la normalidad, mientras el muchacho seguía roncando.

Unas monjitas que pasaron por ahí lo despertaron  le preguntaron algo que no escuché porque ya era hora de abordar mi vuelo. Increible lo mucho que pueden dormir algunos.

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