Adictos a la Escritura. Octubre.

Adictos a la Escritura regresa. Y yo tengo la oportunidad de participar en el proyecto de octubre. Por desgracia, este va de terror que por más que me encante no es mi fuerte. De todos modos, aquí va: 

Del espejo al papel

Todo comenzó en el cuarto de baño de la pequeña casa que habitaba con mi madre. 
Eran las ocho de la noche del primer lunes en un año en que contaba con la compañía de mamá. Me envió a dormir temprano y ese día de la semana yo solía ver televisión hasta muy tarde, a mis ocho años aquel representaba un cambio devastador. 

Todos tenemos nuestros medios para desahogar la ira, y el mío era hacer todo frenéticamente. A menudo, el resultado era lamentable. Ese día, por ejemplo, me lastimé las encías porque estaba aplicando mucha más fuerza de la sensata al cepillo de dientes. Pero eso no fue lo que me hizo llorar.
Fue la criatura sin cara, de pie detrás de mí. Llevaba una sonrisa burlona y me hizo un guiño, Pero la sonrisa estaba a la altura de su cuello, como una enorme y sangrante rajadura en su garganta, y el guiño lo hizo curvando esa sonrisa de modo que se viera como una herida diferente o como un ojo abierto al par de uno cerrado. Paralizado por una mezcla de horror y fascinación, fui completamente incapaz de ver a otro lado. En cambio, me fijé en los detalles: la costra que se había formado en su garganta, cubierta de reciente sangre oscura, la camisa alguna vez blanca y ahora llena de mugre y sangre, la forma de la caída del cabello sobre la mitad de la faltante faz. Algo más había mal en esa cara... o, mejor dicho, en esa ausencia de rostro. Pero no supe qué. No comprendí en ese momento. El hombre sin cara avanzaba hacia mí, así que no podía pensar: debía correr.

En lugar de eso, lloré. No en silencio, ni de la forma en que sollozaba cuando me sentía enfermo. Era un llanto histérico, tras el cual mi madre dijo que yo había gritado mucho, que había considerado llamar a los vecinos para pedir ayuda. Yo no recordaba nada de eso, ni a mi madre sacándome del cuarto de baño, ni qué había ocurrido con el monstruo sin cara.

No supe más de él, salvo en mis pesadillas.
Soñaba cosas invérosímiles. El monstruo venía y hablaba conmigo, moviendo en forma grotesca esa boca fuera de lugar. En los sueños, me daba menos miedo, pues se veía simplificado. Era sólo una rajadura en una garganta anónima, que se movía y se transformaba para comunicarse. Jamás venía hacia mí.

El verdadero terror era al abrir la puerta para salir de mi habitación. La luz del alumbrado público entraba por una ventana al final del pasillo, formando una impresión del ventanal que se extendía frente a las habitaciones. Los dedos alargados de un árbol que de día era bastante amigable, parecían buscar alguien a quien extrangular en esa sombra. Y el resto del lugar, sumido en las penumbras, yo podía adivinar los movimientos del monstruo. Su sonrisa de sangre. Su guiño supurante.

Cubría el espejo del baño antes de lavarme los dientes o el rostro y temía incluso evaluar mi apariencia en los baños del instituto, sin importarme que esos espejos se encontraran tan lejos de mi hogar.
Con el paso de los meses y de los psicólogos, abandoné la manía de encender las luces rápidamente, correr al atravesar el pasillo y cubrir los espejos. Pero el miedo no se quedó en mi infancia. Al contrario, empeoró mientras me alcanzaba la adolescencia y mis amigos insistían en ir a ver películas violentas o de horror. Los acompañé a verlas todas y me impresionaron poco; no eran gran cosa en comparación con mis temores ocultos. Pero cuando me quedaba sólo, cuando mi despierta imaginación mezclaba los recuerdos de la infancia, los terrores inventados y las cada vez más sangrientas escenas del séptimo arte... ¡Ya imaginarán la fiesta que armaban esos monstruos!

Mis pesadillas dieron paso al insomnio. Mi negación, dio paso a diversas obsesiones que intentaban distraerme de mis miedos. No las elegí bien, debo decir. Los alucinógenos le daban vida a mis demonios inventados, los libros de terror los aumentaban y las clases de arte sólo me permitieron comprender, cuando aprendí lo necesario para retratar humanos, qué era lo que había mal en la cara faltante del monstruo que había despertado a los demás: no tenía motivo alguno para estar ahí. Lo que había en el reflejo no era otra cosa que la parte posterior de una cabeza. Lo comprendí cuando empecé a estudiar las formas de plasmar el cabello en una pintura. Así que mi monstruo no carecía de cara, si no que llevaba la cabeza girada. No era reconfortante.

Aunque, a estas alturas no era tampoco demasiado terrible.

Después de todo, había oído el llanto de niños que no estaban, había salido a toda prisa de un elevador que había decidido encogerse lentamente mientras descendia, había huido de un perro de dos cabezas y una noche mi madre me había visitado para contarme que debíamos mudarnos porque el hombre sin cara había exigido el rostro de la persona más joven que habitara esa casa. Eso último había sido un sueño, y las primeras debían ser alucinaciones, pero eso tampoco era reconfortante.
A menudo veía heridas en los rostros de mis compañeros. Mi primera novia, una chica muy linda pero muy engreída, fue asesinada por algún pervertido y ahora iba a acompañarme cada vez que dormía durante la noche.
La realidad, mis alucinaciones y lo que sea que habitaba la frontera entre ambos, se habían confabulado en mi contra.

Así empezó la soledad, así empezó el insomnio. Me alejé de las caras desgarradas, los corazones arrancados y las piernas amputadas. Me alejé del cadaver de Lucila. Y pronto me vi noches enteras con la ventana tapiada y las luces encendidas, pensando en lo sólo que me sentía.

Mi madre, pobrecilla, intentó salvarme por muchos medios. Psicólogos, sacerdotes, espiritistas, vacaciones... Complacía mis caprichos, e invitaba gente a la que no quería ver para que yo hiciera amistad con sus hijos... con sus deformes y podridos hijos. Aunque yo era consciente de que eso estaba solamente en mi cabeza, me hacía muy difícil sostener una conversación con ellos.

Así que todo fue un fracaso. Hasta que invitó a la viuda Fernández y a su nieta autista. La chica no tenía nada desagradable, pero no podía mostrar menos interés en mí. La madre, estuvo en la sala aburriendo a su anfitriona. Y su esposo muerto descubrió que yo tenía uno de sus libros en mi armario.
Habló de lo mucho que había demorado en escribirlo, porque no se atrevía a inventar un final y no había conseguido descubrirlo. Yo, que había creído siempre que aquella historia cómica y romántica era plenamente ficticia, mostré curiosidad. Por un momento el se mostró indeciso. Destapó un poco su cerebro al rascar en la parte de la cabeza donde había impactado la bala del arma que nadie había encontrado. Finalmente, decidió contarme. Mientras sus otras obras eran basadas en chismes fuera de contexto o en fantasías completas, esta era la historia de su vida. Él era todos esos personajes y había sufrido todos esos eventos. La línea temporal la había adaptado a capricho, pero en muchos sentidos era una historia real. No había esperado que fuera buena, y sí me había divertido era simple coincidencia. En realidad, escribir esa historia había sido una forma de sacar la basura. Sus rencores, sus culpas y sus miedos, no lo dejaban dormir, así que prefería no vivir con ellos.

Cuando hubo alcanzado todo cuando se había propuesto en la vida, aburrido y cansado a los noventa años, lleno de achaques y con sólo un asunto pendiente, había decidido terminar el libro con lo primero que se le ocurrió. Era un final irónico, muy apropiado para la sinrazón general del libro. Pero era mentira. Así que el viejo autor contrató un vagabundo para que lo convirtiera en realidad. Ahora el vagabundo sentía culpa y él no sentía gran cosa porque estaba muerto.
Su anciana esposa viva se marchó con su nieta a eso de las cuatro de la tarde. Él se fue con ellas y nunca lo volví a ver.
Pero vi otros muertos y otros entes y otras cosas... No me dejaban dormir. Así que de vez en cuando, mientras oía los ruidos de la noche, en lugar de pensar en lo sólo que estaba, escribía sobre mis monstruos. Sólo sobre los reales, porque sólo ellos eran un problema.

Empecé a imaginar que los monstruos se saldrían de la gaveta en que guardaba los textos, revueltos entre ellos, armados de algún modo, para arrastrarme a su hogar en la oscuridad. Pero no dejé de almacenarlos ahí.

No hasta que mi madre encontró en la gaveta de su hijo de diecisiete años y pico, un montón de historias de terror. Me fastidió con la idea de publicarlos durande doce meses, antes de que yo le hiciera caso, confiando en que la fuerza de unas cuantas personas creyendo que era un cuento hiciera falsos a los monstruos. 

Funcionó tan bien con el primero, que nunca me detuve. En lugar de eso, estudié literatura, agregué mis criaturas inventadas a la mezcla, y... bueno, henos aquí.

Debo admitir que al principio me sentía como la mujer de esa película, la que distribuye el video maldito para escapar de la maldición. Pero, ¿que otra cosa podía hacer?... Aunque supongo que en eso también era como ella. De todos modos, a ustedes les encanta. Por eso están aquí, esperando que les cuente sobre que es mi nuevo libro. 

Y no se preocupen. No creo que mis monstruos los alcancen a través de mis libros. Cuarenta años después, sólo ha habido suicidios y desapariciones aíslados, no más de una docena, entre mis lectores. Seguro que se debían a motivos que nada tenía que ver con las novelas que les gustaban. 


En fin, eso es lo que hay que decir sobre la dedicatoria de este libro: «A las personas que creen, equivocadamente, que yo no tengo miedo». ¡Claro que tengo miedo! ¿O de dónde creían que habían salido los monstruos? ¿De las pesadillas de alguien más?... Cuatro de ellos sí, pero eso es un tema diferente. Y los buitres de la propiedad intelectual que acaban de levantar la mano las pueden ir bajando, porque esa persona era mi madre, ella me dio esas ideas para que las escribiera, y aunque ahora no está, tengo un papel firmado por cada una de esas ideas.

Y respecto a la novela... diré lo que otro autor me dijo a mí: 
Soy todos esos personajes y he sufrido todos esos eventos. Adapté la línea temporal a capricho, pero en muchos sentidos es una historia real. No espero que sea buena, y si los asusta... sepan que a mí me asustó más.

Ahora sí, comencemos con las preguntas, y luego los autógrafos, ¿les parece?

--------------------------------- 

Espero no se aburrieran mucho, lo cierto es que me aproveché de las circunstancias para jugar con esa idea que me había estado fastidiando un tiempo; la miraba como algo que podía usar en una historia larga, como elemento de fondo. Pero como no tenía la historia donde eso encajara, la puse aquí.

¡Compártelo!

7 comentarios:

Inna Franco

Me encantó la historia. Y más que su monstruo principal tuviera la cabeza al revés. Felicitaciones, disfruté mucho al leerlo :D

Erzengel Eds

Tania, este relato es tan tuyo, que me alegro haber vuelto al grupo para poder leerte y disfrutarte.
Fue extenso, sí, pero lo valió por completo.

pd: no sé por qué, pero saltaba como que no te seguía en este blog :p ya te sigo, obvio!

Abrazo!!!

Tania Yesivell

Gracias por pasar y comentar. :)
Curioso que llamara la atención lo del monstruo principal, porque fue algo que no tenía planeado al describirlo al principio. Que bien que la idea se presentara, ¿eh?.

M.A. Álvarez R.

Me ha gustado mucho, la descripción del monstruo sin cara es inquietante. También el final y cómo termina reflejando todos esos monstruos en el papel. La idea me ha parecido muy buena y encaja muy bien con el género.

Un saludo!

Nut

Muy bueno, la idea, la narración. Me he quedado un poco confundida al aparecer el anciano escritor, pero he comprendido pronto de que se trataba y retomado el hilo. Me encanta el giro final. Te felicito. Gracias por compartir.

Meli ^^

Me sorprendió mucho el giro del final, es tan original!!
Me encantó el relato, como de a poco las alucinaciones se fueron mezclando con su vida, amé la parte del esposo muerto, la naturalidad con la que transcurre la charla.
Realmente muy bueno.

Un abrazo

Christian Rey

me encanta, de alguna manera parece que abordas los diferentes tipos de miedo, me recordaste los de mi infancia, el de la sombra del árbol que se mecía con el aire y que yo imaginaba era el brazo de un gigante que esperaba a que durmiera para secuestrarme o matarme.
Saludos

Publicar un comentario

Buscar

 

Seguidores

Diario Poético Copyright © 2011 | Tema diseñado por: compartidisimo | Con la tecnología de: Blogger