La magia de la Navidad

Mientras espero la llegada de la navidad, encontré un momento para escribir una entrada para el proyecto Copo de Nieve, inspirándome en las palabras lectura y familia (iba a usar otra, pero nunca llegué). Partí desde la lectura, porque así es siempre más sencillo para mí, y me dejé llevar hasta la parte más importante... y la que es todavía más importante. 




Me gusta leer historias que ocurren en mundos ficticios, en especial si en ese mundo ficticio la magia tiene una explicación lógica y al menos uno de los personajes cuenta con ella. Son mis favoritas, podría decirse. Pero también he amado muchas historias ambientadas en nuestro contaminado y solitario mundo real.
En los mundos fantásticos, la magia es agitar una varita para que caiga nieve o quitar una vida; puedes despertar a una entidad no humana para que te permita volar, o monstruos malignos que se vuelven opacos. Lo bueno de ese mundo es que es posible derrotar a todos los monstruos, no está garantizado, pero no es imposible. Puedes enfrentarlos con un trabalenguas o devolverlos al fuego en que se les forjó.
Las historias ambientadas en el  mundo real, donde todo es bastante más difícil, también tienen monstruos y no carecen de magia. No siempre se trata de que un bebé recién nacido sea protegido por abejas o secuestrado por hormigas. Ya bastante magia hay en una mujer que no tiene nada y aún así saca adelante a su hija, o en que un hombre común ahogado de odio y dolor consiga contactar con un mafioso para que le venda explosivos.

El mundo real está lleno de misticismo, con sus coincidencias inexplicables, nuestras creencias profundas y... magia. La magia de la Navidad es la primera que se nos viene a la mente en Diciembre, aunque lo cierto es que algunos seguimos preguntándonos que tipo de magia es esa que permite modificar el ADN de un mosquito, poner nuestra vida en un dispositivo que cabe en la palma de nuestra mano, viajar en un enorme vehículo que vuela, y sacar un conejo de un sombrero.

Como parte de una familia extendida que rara vez está en contacto, siempre vi magia en las fiestas de diciembre. Me gusta desenvolver un regalo como a cualquiera, y me gusta más el intercambio en sí, porque mi prima siempre consigue hacerlo todo divertido y lleno de vida. Pero, la magia no estaba ahí. La magia siempre estuvo en ver a familiares con los que no podía hablar nunca (los celulares llegaron tarde y el correo siempre fue igual de malo :P)... o eso me parecía. Ahora, más de una década después, la magia amenaza con perderse y por fin me doy cuenta, porque soy mayor y porque todo se ve más claro cuando se está desmoronando. No era sólo llegar y decir hola. No era que una casa para tres personas tuviera espacio suficiente para seis o más. No era el clima distinto. Era que a pesar de un año de no hablar, era como si siempre hubiéramos estado juntos.

La naturalidad con que realizábamos actividades juntos, saber cuál era el sitio de cada quien, enterarme de que mi prima cuidaba de mi gato y que un juguete olvidado seguía ahí. La forma en que me sentía en casa en un lugar que visitaba unos días al año. No sé si era la navidad, o la tradición, o qué. Los tiempos cambian y la gente cambia. Las tradiciones se pierden y nuestros horarios se interponen. Y desde que tengo conciencia de lo difícil que es organizar una salida familiar, entiendo que la magia en el mundo que habitamos requiere mucho esfuerzo, mucha testarudez, más optimismo y aún más paciencia. Y se ocupa mucho de esto para que al final del día, con todo y los líos de las salidas, a pesar del desgane de vivir en un país donde da miedo ir a la esquina y los pasajes suben y copian los cobros por moverse pero no suben los sueldos.... ehm... ¿de que estaba hablando yo?

En el mundo real, que me hace sentir enojo y frustración y ganas de esconderme, la  magia está en poner de nuestra parte para no perder la conexión con nuestra familia y recordar que lo que celebramos en Navidad no es la invención del papel de regalo, los tamales y las lucecitas parpadeantes (que me encantan), sino el nacimiento de Jesús, el hijo de DIOS, en quien los cristianos creemos, de quien sabemos que es AMOR. Así que de eso tendría que ir esto. Amar, perdonar, compartir. Si podemos empeñarnos en esto, todavía hay esperanza.

Hay otras mil actividades que requieren magia, pero diciembre, para mí, siempre fue el mes de volver a mis hogares. Las cosas han cambiado, pero ¡hay tantas formas de comunicarse hoy en día! Seguro que es posible encontrar una manera de acercarse a la familia.

Deséenme suerte con eso; pasen una feliz Navidad, y contribuyan a que alguien más la tenga.

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