52 Malas Historias - No. 3



Es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.

-Ray Bradbury

¡Si ya es la semana siguiente! Pero aquí esa la tercera de las 52 malas historias que surgen de los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

Un sólo inconveniente

Había muchas teorías sobre cómo fue asesinada, ¿saben?  Ninguna fue demostrada y, un siglo más tarde, el misterio había sido olvidado a pesar de todo el dramatismo que se diera al asunto en su momento. La comunidad lo dejó atrás con dificultad; sus padres fallecieron, ya ancianos, con aquella carga todavía sobre sus hombros. Y la vida siguió su curso.

No escuché sobre ella hasta que... bueno, hasta que la escuché a ella. Pobre muchacha. Debió ser muy difícil todo ese tiempo en... cautiverio. 


Un par de policías visitaron su casa después del sepelio, acusando a su padre primero y a su vecino después. Creían que se trataba de alguien conocido, porque abrió la puerta ella misma. Cómo si la gente no abriera la puerta a desconocidos todo el tiempo, con motivos que creen que son lógicos: que si viene a revisar la plomería, que sí es una inspección del departamento de control de plagas, que sí está entregando un paquete o trasladando un mueble. Bien, abran la puerta si quieren. Ahora yo sé de una que no debió haberlo hecho.

Cómo decía, los policías le preguntaron a los padres, a los vecinos, a los maestros y hasta al cartero. A algunos los interrogaron varias veces, ya fuera porque de pronto los consideraban más o menos sospechosos, o porque creían que había un error o querían confirmar una teoría. Todos contaron lo que sabían y hasta inventaron lo que no. Pero hubo una persona a quien nadie escuchó en ningún momento. La única que sabía la verdad. La chica a la que encontraron muerta sin razón aparente. Era demasiado joven para que aquello fuera un problema de salud, así que los forenses fueron muy cuidadosos. Descubrieron la hemorragia en su cerebro a pesar de sus limitaciones, obvias sólo ahora que vemos desde nuestras facilidades modernas.

Pero no descubrieron las causas. La gente usó su ingenio y su imaginación para tratar de adivinar cuál había sido el arma homicida, y se habló de jarrones, mazos y hasta enciclopedias. Los médicos alarmistas hicieron sugerencias sobre enfermedades congénitas que la fallecida nunca tuvo, y los supersticiosos, como siempre, dijeron que se trataba de brujería y señalaron a las personas más inesperadas.

Y ahora, cuando a nadie le importa, yo me encuentro cara a cara con la única que persona que sabe cómo fue. El arma homicida no fue otra que el piso y, el asesino, la gravedad de nuestro planeta. O quizá fue culpa de ella, por intentar usar el librero empotrado como escalera para alcanzar el reloj de pared que estaba tan arriba.

Resuelto el supuesto asesinato, siguió con su camino, feliz de haber podido explicarlo por fin. Fue hacia la otra vida, o a su siguiente cuerpo, o lo que sea. Yo decidí esperar un rato. No quiero decepcionarla dejándole saber que la única razón por la que pudimos comunicarnos, es que no estoy más viva que ella.

Realmente no debí abrir la puerta.

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1 comentarios:

Rocío

¡Compartido! Me ha encantado :)

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