52 Malas Historias - No. 4



Es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.

-Ray Bradbury

Cuarta de las  52 malas historias que surgen de los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.


Yo no vi nada

La cuarta casa que visitamos fue la de la anciana inofensiva. Sabíamos que ella no era la asesina, porque no tenía ni los motivos ni la fuerza para liquidar a los doce delincuentes. Pero de todas formas debíamos revisar su casa en busca de un objeto con forma de jeringa pero más dañino, tomar su declaración… verificar que no hubiera gato encerrado. Porque eso era lo que parecía, que había gato encerrado. Sus vecinos decían que ocultaba algo.


La viejita nos recibió con expresión alarmada  y nos cerró la puerta en la nariz.

Abrió de nuevo antes de que llamáramos de nuevo, con una sonrisa sospechosa dibujada en sus labios, de esas sonrisas que duran demasiado y no llegan a los ojos de la persona que las viste.
Nos invitó a pasar, con voz cascada y un gesto de su brazo.

Había más maceteras dentro que en el jardín del frente. Y ya eso era decir bastante. Para aprovechar  ese metro cuadrado, había puesto aquellas jardineras de varios niveles en lugar de sembrar un rosal, pero por lo visto había descuidado las plantas, porque no había más que tierra reseca en ellas. En cambio, las macetas que colgaban en el interior, tenían plantas hermosas. Una ventana abierta revelaba más de lo mismo en el patio de atrás. Esta casa diminuta,  así como estaba hasta el tejado de recipientes con flores, árboles enanos, cactus y hasta hortalizas, no tenía lugar para secretos.

La señora, distraída y un poco nerviosa, aterrada de que viniéramos a llevarnos sus plantas así como se habían llevado los gatos de su mejor amiga, divagó sobre su derecho a una familia, el clima, la inseguridad, los gatos, lo ingratas que podían ser las rosas, y… sí, también sobre nuestras preguntas.

Horas más tarde, abandonamos el lugar, completamente abrumados. También habíamos descartado a la ancianita, que entendía lo que había pasado, conocía sólo a dos de los delincuentes y no había tenido problemas con ellos. Lo más parecido al arma homicida, era la aguja en su máquina de coser; demasiado corta, de todos modos, y ¿cómo podría manipular semejante cosa para causar una sola herida letal, si ya no podía ver con bastante claridad para seguir cosiendo el ruedo de sus vestidos?

No esperábamos volver a la casa de la amante de las plantas, pero tuve que hacerlo al poco rato. Me había olvidado mi libreta de apuntes, que aún debía descansar en la mesita donde la puse para tomar el café que nos había ofrecido.

Iba a llamar a la puerta, cuando escuché a la anciana hablando con otra persona, y lo que oí me obligó a tomar acción. Claramente había dicho que “¡No me habían dicho que fueran tantos esos pobres jovencitos a los que lastimaron!”. El regaño era lo bastante sospechoso, yo tenía que saber lo que pasaba ahí, de modo que rompí la ventana y aparté la cortina oscura, para volverme testigo de la más extraordinaria escena.

Las plantas me miraban. Simplemente se habían vuelto hacia mí. Algunas tenían rostros en sus flores, otras tenían solamente pupilas en sus hojas. La mayoría simplemente poseía, como en cuento de horror, rasgos que podían ser interpretados como imitaciones de los brazos, piernas y bocas humanas.
Todas me amenazaban. En especial los cactus, con sus robustos brazos o sus cuellos largos repletos de espinas anormalmente largas… ¡Cómo habíamos obviado eso! Sí bien era imposible adivinar que los homicidas eran aquellos inocentes seres sin traslación, debimos haber visto las espinas. Sólo que, quizá, antes no eran tan largas.

—Tranquilas, niñas, tranquilas. El oficial sólo está aquí por su cuadernito —aseguró la viejecita, con dulzura—. No vino a amenazarme ni llevarse mis cosas como esos otros muchachos. Tranquilas.

No se tranquilizaron, pero no me atacaron ni cosa parecida mientras la señora me daba mi libreta y me regañaba por dañar la ventana.

No iba a arrestar a aquella simpática abuelita porque sus plantas eran un poco sobreprotectoras, ¿o sí? No iba a ir a decir que la señora lo había hecho, porque no era verdad y no se me ocurría como inventar una mentira creíble. Por otro lado… Ya me miraba explicándole al juez y a los medios que los cactus seguro habían encontrado la forma de disparar sus espinas contra los ladrones que veían un blanco fácil en su protectora. Luego podría explicárselo al psiquiatra.

Así pues, me comprometí a reparar la ventana y me retiré tan pronto como pude. Salí del problema presente, pero será difícil conseguir a una persona que pueda hacer ese trabajo sin tener problemas con los habitantes de la casa. 

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3 comentarios:

Sameq

Me gustó el concepto de las plantas y las imágenes de todo ese ecosistema verde en la casa de la ancianita. Pero me pareció muy corto, como que un relato así debería tener más espacio para el enigma y la revelación. Quizás como ejercicio no debía tener más extensión, pero sería interesante tomar el concepto y llevarlo a un cuento un poco más largo.

Tania Yesivell

Si, quizá hubiera valido la pena darle mas detalle.

Rocío

¡Fantástico! Compartido también :)

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