mh 6 - Las casualidades no existen



Es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.

-Ray Bradbury

Sexto de las  52 malas historias que surgen de los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea

Creo que este es un poco mas largo de lo usual... Ojala les entretenga.

Las casualidades no existen

Uno tras otro los pasajeros bajan del autobús.
La que sujeta a un par de gallinas por las patas para que estas cuelguen tranquilamente con la sangre fluyendo hacía sus cabezas, es doña Ana. Ese niño es el nieto de don Plutarco, uno de los reconocidos, al menos. La mujer del vestido amarillo es María de los Ángeles y ese que viene atrás de ella es el novio que se consiguió en la ciudad. Doña Jimena, José María y sus dos hijos, la hijastra de doña Polita, esa es otra nieta de don Plutarco y ella baja con su mamá, ayudando con las bolsas, este es don José, y no está emparentado ni con José María, ni con MariJose que viene justo después... ¿Y ese quién es?
Después de MariJose y antes de Pedro Pablo, se baja un tipo altote, de pelo rubio blanco, creo que los cuentan como rubios en no sé qué país de gente pálida. Sepa quien vaya a ser, pero con algo de suerte es uno de esos banqueros extranjeros que quieren calmar su conciencia llevándole comida a la gente de los pueblos. Ya, es una estupidez, porque aquí, como la tierra es insolente y el agua es poca, todavía no han venido a quitarnos nada así que todavía podemos comer siempre que tengamos ganas de sacarle maíz a la piedra. Es la única ventaja de ser el único pueblo sin recursos en medio de lo que parece el mismísimo edén de tan productivo que es. No le importamos a nadie, ni para venir a llevarnos las gallinas, ni para tirarnos los huesos al final de la comida.
Pero igual, hay gente aquí que prefiere comer huesos que hacer parir a una tierra muerta. Y están los que de plano no pueden. Así que está bueno que vengan a darles algo. ¿Y si es de esos que se llevan a los niños? Pues ya verán los papás si cuidan a los suyos, ¿no?
En cualquier caso, yo salgo ganando, porque tengo un cuarto vacío allá al fondo del corredor, y es el único cuarto vacío en todo el pueblo. Aquí no hay hospedajes, porque no hay viajeros. La gente casi nunca se va. María de los Ángeles el año pasado. Hace como cuatro años se fueron doce niños, que decían que iban a estudiar y emplearse en la ciudad. Yo misma, cuando tenía la idea de ser actriz y fui a conocer mundo, como dicen. En el fondo, todos supimos siempre que íbamos a volver. Y todo el que se va deja su cuartito bien cerrado o le venden la cama para que la hermana o el sobrino con el que compartía cuarto tenga más espacio. Los muertitos dejan heredero. Así que el único cuarto vacío, es el de mi hijo que no tenía edad para morirse pero igual nos dejó.  Ahorita tiene un montón de trebejos, pero de todos modos lo puedo rentar para ganar buena platita cuando -cada tantos años- pasa alguien por el pueblo.
A lo mejor el extranjero no es buena noticia.  A lo mejor es seña de que ahora si nos pusieron el ojo. Quizá hallaron petróleo, o algo así.  Pero, como conocí mundo, sé que es inevitable, de nada sirve preocuparse, patear o ir llorando por ahí. Hay que ir pasando, acostumbrarse. Los ricos de otras tierras, son como los ricos de por aquí, o como una plaga o una sequía. Hay que aguantarlos porque no podemos cambiarlos. Hay que verles el lado bueno y decir tanto como podamos que son necesarios, que nos dejan algo a cambio, que van a irse y todo va a estar bien. A veces no se van. Las cucarachas, el zancudo ese de patitas rayadas y doña Juana Campos aquí nacieron y no se van a ir, toman vidas -aunque indirectamente- y sólo dan molestias, pero uno se dice cualquier cosa para consolarse.
No se me olvida que el blanquito debe ser así. Y me diré más tarde que sus cosas se le aguantan porque paga un cuartito por dos noches, pero no por eso me tiene gustar. Así que sonrío, le respondo sus preguntas, le sirvo un almuerzo en la única mesa del comedor que mi familia ha tenido por dos generaciones. Pero no le ofrezco la habitación, ya volverá después de recorrer el pueblo buscando un hotel. Y cuando pregunta si tengo un baño para los clientes, le digo que no, que a duras penas si pusimos una mesa con cuatro sillas en nuestra pequeña sala.
—Es que no hay muchos clientes —explico—, sólo de vez en cuando sale algo, cuando una pareja se pelea, por ejemplo, el hombre siempre acaba encargando los tres tiempos... mientras se consigue otra.
El extranjero no se sorprende.
Come sin comentarios, y se interrumpe de nuevo para preguntarme por el Bosque de piedras.
—¿El qué? —de verdad no tengo idea de qué es eso.
—Me dijeron que aquí hay un lugar, una meseta, creo, donde no crece nada y solo se pueden ver piedras, de todas las  formas colores y tamaños. Que están organizadas bien bonito, como en ese lugar de las Europas, pero no son gigantes.
Este hombre no suena como un extranjero. No tiene acento, y las palabras que usa son perfectamente normales. No come como banquero, ni siquiera como empleado mal pagado de banco. Vaya cosa.
—Hombre, no sé de que está hablando.
—No, si yo tampoco sé mucho de ese lugar, pero no importa, no importa. ¿Sabe dónde queda la meseta donde solo hay piedras?
—No señor, de eso es de lo que no sé nada. De las piedras alienígenas si oí hablar un par de veces. Pero aquí no hay ni grandes ni chiquitas.
El extranjero guarda silencio, me ve con desconfianza y luego termina su comida para poder marcharse con los bolsillos un poco más ligeros. No se queja del precio, por cierto.

#

Cata me acaba de hacer un guiño. ¿Por qué las niñas son así? ¿Todas coquetas?
Por estar mirándola no me fijo en mi camino y me llevo de encuentro a alguien. Es un hombre todo lleno de harina. Hasta el pelo se le mira blanco. Para eso se ha de ocupar mucha harina. Si yo me echara encima toda esa harina, mi mamá me mataría a chancletazos.
—¡Con cuidado niño! —dice el hombre, alegre—. ¿Te quieres ganar un dinerito?
—Sí, señor. ¿Qué necesita? ¿Qué le lleve su mochila a la casa de doña Nora? —no es de aquí, así que seguro busca posada.
—No, no. Qué me enseñes el Bosque de piedra.
—¿Y eso que es?
—¿No sabes...? Es un lugar árido por aquí cerca, donde hay muchas piedras...
—Señor, eso es todo el pueblo.
—No, no, pero yo me refiero a un lugar donde sólo hay piedras... Espera... —busca en su mochila y saca un libro de esos blanditos... como un almanaque, lo abre y me enseña una foto a color—. Ahí.
No sé dónde queda pero como él hombre me quiere pagar, y como me cae bien porque se echo encima toda esa harina para hacerse chistoso, le ayudo a buscar. Primero vamos a mi casa a preguntarles a mi mamá y a mis tías. Pero nadie sabe donde es eso.
Luego, donde la vecina, que le coquetea a este señor pero no nos dice nada útil.
Don Macario dice que no sabe qué es eso y nos cierra la puerta en la cara, pero claro que luego la vuelve a abrir, porque con este calorcito, quien va a estar a puerta cerrada.
Nos encontramos con Alejo, no mi compañero sino el más grandecito, el que ya va al colegio y que dicen que es su medio hermano pero no se parece. Dice que sabe donde hay una meseta con piedras y nos vamos los tres a andar. Está bien largo, y con este calorcito pronto estamos sudaditos y la harina se le ha de haber corrido al señor que busca las piedras, porque ahora está todo rosadito y sólo el pelo sigue blanco.
—¿Y pa’ que quiere ver piedras, señor? —pregunto.
—Porque hay unas igualitas en mi pueblo.
—¡Ay no se haga! —se burla Alejo—. Usté que va a ser de pueblo, usté es gringo.
—Sí, ya me han dicho eso, pero no, hasta soy más blanco que ellos, ¿saben? Soy de un caserío que se llama el Pedrero,  allá en Santa Rita, pero la del este, ¿saben dónde?
No sabemos.
—Pues el caso es que allá la gente siempre me vio raro, por ser así de pálido. Los niños se burlaban y las viejitas me querían exorcizar, así  que me fui a la ciudad. No me fui enojado, ni nada, pero estoy muy ocupado y no he vuelto como en seis años. Hace poco, vi en una revista que hay un lugar llamado Bosque de Piedras, que es igualito a ese lugar donde íbamos a traer piedras y buscar tierra blanca. Así que leí la revista, y vi que quedaba acá en un pueblo que se llama igualito que el mío pero que queda en el otro lado del país. Y pensé que eso esta misterioso, y quise venir a conocer. Estuve guardando mis días de vacaciones para ir a mi casa, pero al final me vine a la otra Santa Rita, siguiendo las direcciones que daban en la revista.
—¿Para ver piedras? —pregunta Alejo.
—¡Para ver piedras misteriosas!
El medio hermano de mi compañero me mira. Y yo lo miro. Y supongo que queremos hablar de lo loco que es este hombre. Pero no sería correcto así que sólo seguimos caminando a la meseta.
Esta meseta es todavía de Santa Rita. Para todos lados se ve verde, pero aquí, todo es un pedrero. Y cactus.
No le veo el chiste, la verdad.
—No, no es aquí —dice el turista, apenadísimo.
—¿No?
—No, no. Estas son piedritas comunes. Las que les digo...
—Es cierto, Alejo, estas no son como la foto que me enseñó este señor. Son todas parecidas. En cambio las de la foto son todas diferentes.
—Ah, pues no sé. Esta es la única meseta.
Ni modo, tendremos que ir más largo, a preguntarle a la profesora Molina, que es el que tiene libros y todo eso.
Bajar no me apetece todavía, porque estoy cansado. El turista está que se desmaya, pero tiene prisa. Así que allá vamos. Me raspo las rodillas en una caída, pero esa es cosa normal.

#

Estas no son horas de visita, por eso me preocupa oír que llaman a la puerta.
Es Pedrito, con un joven albino.
—Buenas noches, ¿qué pasa?
—Es un foráneo, profe.
—Mucho gusto, señorita, soy Jaime Mora.
—Un placer, señor Mora.
—Jaime.
—Jaime, entonces. Yo soy Jazmín. ¿Pero, qué hacen aquí? La posada es donde doña Nora.
—Yo le dije —asegura Pedrito, aunque el extranjero pone cara de sorpresa—, pero él dijo que a donde quiere ir es al bosque de peñas.
—De piedra —corrige Jaime—. Es una formación muy curiosa, y estoy ansioso por visitar el lugar.
—¿Bosque de piedra?
—Sí, señorita —responde, animado—. He estado preparando el viaje por meses, desde que vi la revista. Por fin logré que me dieran mis vacaciones y acá estoy.
Lo comprendo todo cuando menciona la revista. Si con razón me sonaba ese nombrecito.
—Lo siento tanto, señ... Jaime. A mí también me confundió el artículo.
—¿Disculpe?
—¿Lo vio en la revista de arqueología que saca el departamento de educación, verdad?
Él asiente, y yo sigo explicando, aunque no es lo que él pidió saber:
—¡Esa gente!  Hacen cosas como esa todo el tiempo. Así es con esas instituciones que sólo pretenden justificar sueldos de gente sin verdadera pasión. ¡Copiando artículos y agregándole tonterías para hacerse los originales!
—¿Pero qué pasó con el articulo? No comprendo.
—Pues que tomaron la información de una de esas publicaciones en internet. De un muchacho que viaja de un lado a otro tomando fotos de cosas curiosas. Bajaron las fotos y la información, lo pusieron en su propia revista y agregaron las señas del pueblo, pero se equivocaron de Santa Rita. Por lo visto las fotos las tomaron en el éste.
Pobre hombre, después de ese viaje tan incómodo tendrá que pasar una incómoda noche en el cuartito que renta doña Nora, y luego se regresará a su rutina sin haber conocido el Bosque de Piedras que tanto le había llamado la atención.

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2 comentarios:

Sameq

Pero Tania, no abrevies el título. Mh se parece a "meh". Por cierto, ¿vas a participar del CampNanoWriMo de abril? Me gustó esta historia, pobre tipo, pero es interesante como juegas con las expectativas de todos. Lo que sí, entre medio noté algunos errorcillos de acentuación y algún conector que faltaba, pero solo eso.
Saludos.

Tania Yesivell

¡Uy, es cierto lo del titulo! Gracias por señalarlo.

Si, estoy en el CampNaNo, pero llevo dos dias sin escribir una letra a pesar de que tengo las ideas X_X

Estoy con mas errores que nunca porque mi teclado se ha quedado sin tildes (y otras teclas) y dependo del corrector de ortografía y de mis ojitos para encontrar donde debo ir a "pegar" cada letra con tilde.... siempre acabo rindiendome o haciendo como que creo que ya quedo para no tener que buscar otra vez.

Gracias por leer y me alegra que te gustara.

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