Séptima mala historia: Vete



Es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.

-Ray Bradbury

Séptima de las 52 malas historias que surgen de los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea

Tarde, pertenía que subirla. Porque... Ameriev. Un día lo escribiré como se debe.

Es la versión alterna a  La Ruta del Adivino, que está en corrección.

Vete


No me gusta decir que tengo mala suerte, pero no sé como más explicar el haber estado atrapado durante toda mi vida. Encerrado en Las Cuevas, como todos, pero también encerrado de forma especial, por ser diferente. Antes, en la burbuja que no podría protegerme para siempre. Ahora, en la habitación que mi familia ha convertido en una celda por el bien de todos.
Ellos creen que se cuidan de mí. Creen que yo causé esas muertes, porque es así como funcionan las personas normales: hacen que ocurran cosas. Yo no; no soy como los otros, no puedo provocar nada con mi voluntad. Creen que lo hago por accidente, que no es mi culpa pero debo ser controlado, alejado del mundo.  Eso de encerrar personas es nuevo por aquí, así que se limitaron a enviarme a mi habitación y sellar las salidas. Hacen que la comida aparezca aquí a las horas usuales y aunque me aburro todo el día, estoy mucho mejor así. 
Es a mí a quien protegen realmente estas paredes. Yo no causo las muertes, solo las veo. Las veo, las siento, y me enloquecen. En cambio, en estos dos maravillosos años de cautiverio solo he visto mis propias muertes. Todas ellas patéticas. Una vez vi unas cuantas opciones mejores, pero desaparecieron cuando se fue esa mujer, la de tu mundo.
Ya me había hecho a la idea de que mi miserable vida terminara entre estas cinco paredes, porque he visto otras muertes pero entre mas pronto termine esto, mejor.
Estaba viviendo los últimos minutos de mi vida, al menos los últimos que no formaban parte de mi muerte, y de pronto, esto. Tú. Apareces aquí, con todas tus espantosas muertes. Normalmente las olvido para poder conservar la poca cordura que me queda, pero sé -con la misma certeza con la que sé que estoy al borde del llanto- que esto no voy a poder olvidarlo.
―¡Vete! ―grito, y mi voz es mas rara por la falta de uso que por el sollozo.
―Esa es la mitad del plan ―respondes, confiado. 
Si supieras lo que he visto, no estarías sonriendo, estúpido presumido. Si supieras que al hablarme borraste las muertes tranquilas que te quedaban, no te acercarías. Pero das un paso hacia mí y otros finales desaparecen. Eso aumenta las probabilidades para las otras opciones. Las peores, las que me acosarán ya sea que cierre mis ojos o los mantenga abiertos. Retrocedo hasta que mi espalda golpea la pared gris, pero sigues avanzando y destruyendo finales. Al menos, para cuando te detienes frente a mí, los peores -los peores para mí, quiero decir- han desaparecido.
―¡ALÉJATE! ―grito.
Y sigo intentando convencerte sin argumentos, porque jamás admitiré frente a ti cuanto miedo te tengo. Mi voz sigue rara... No, no, ahora si es el llanto.
―Tranquilo Ameriev, estará todo bien ―prometes y, pobre de ti, realmente lo crees.
―No, no entiendes, lo siento mucho yo no quiero hacerlo lo lamento no se como evitarlo...
―Sí, si lo sabes ―aseguras, y hay algo mas que certeza en la forma en que bajas la voz, en la forma en que pones tu mano sobre mi hombro reduciendo finales otra vez.
He oído ese tono antes, pero nadie nunca lo había usado conmigo.
―¡Debes irte! ―insisto, desesperado.
―Sí, eso evitaría algunas. 
Tú... ¿Lo sabes? ¿Escuchas lo que pienso?
―Sé lo que piensas ―aclaras―. Saber, es mi negocio. Como la muerte es el tuyo. Pero te hará bien decirlo, siempre te hace bien y no voy a espantarme como todos esos buenos para nada. Dime, ¿cuál es la más cercana?
―Él... ―sollozo, sin saber bien por qué te sigo la corriente―. No se quién es, pero vendrá por mí, y tú estarás en el camino cuando llegue y te apuñalará con algo que no tenía antes.
―Es lo bastante pronto para que seas mas claro. Sabes cuanto tiempo falta...
―Como cuatro minutos.
―Tendrás que mejorar la precisión, pero esta bien por ahora. Sabes dónde estoy ―señalo el punto exacto, y tú asientes y sigues hablando―, y cómo llego ahí.
Sí, lo harás a propósito, para estar en el camino y darme tiempo....
―Tiempo que no usarás, así que.... Ahorrame la muerte inútil, sabes cómo.
Cuando usas esa voz, la amable, la... comprensiva, sólo siento más ganas de llorar. Me gustaría saber, pero...
―No. Yo sólo...
―Sabes lo que lo causa, así que haces algo distinto. 
Esas palabras son solo un hecho para ti, pero el tono con que las pronuncias es una invitación, una pregunta. La pregunta es qué haré, y la respuesta...
―¿Debo ir contigo, cierto? 
Sueltas dos palabras que sabía que dirías, a pesar de que no tienen nada que ver con la muerte, y ahora estamos en otro lugar, puedo sentir que este mundo no es en el que crecí, y supongo que esas palabras venían con un hechizo. No sé que significan, suenan a gente de D'hale, pero quizá todos los idiomas extranjeros me suenan a ese mundo porque son los que usualmente nos visitan.
―Pero si es D'hale ―dices―. Son para viajar. Me sé un montón.
―¿Para salir de tu mundo? ―comprendo. El llanto está remitiendo.
―¡Para sus graciosas huidas! ―interviene alguien. Suena como si riera, como si su voz en sí no fuera más que una carcajada clara, dulce, y quizá demasiado escandalosa.
Creo que es el tipo de persona a la que la gente le gusta conocer, pero a mí me reaviva las ganas de llorar.
―¡Wow! ¡Tranquilo! ―suelta ella, su voz cambia de emoción pero sigue siendo risa―. ¿Qué ocurre?
No lo sé, así que niego con la cabeza. En realidad, no está mal. Ella tiene muy pocas muertes, y casi todas la hacen feliz, incluso las más violentas.
―Épicas ―explicas, divertido―. Así es como le gustan, dignas de ser llevadas a una pantalla de cine, y con significado. Yo no permitiría que tenga ninguna otra.
―Malditos adivinos―gruñe/ríe la mujer―, siempre teniendo conversaciones privadas en publico .
―Si te ocupas de ese tipo antes de que invente un arma, vivirás suficiente para acostumbrarte ―dices, como si nada. Pero de algún modo estás menos confiado de lo que estabas en mi habitación.
―Ella no muere aquí ―intento tranquilizarte.
―¿No ves esa? ―estás sorprendido, pero sólo por un instante―. Tú ya la descartaste. Eres más preciso que yo. Izquierda, Sou.
Eso último me confunde mucho. Es algo que dijiste para tu amiga, pero lo comprendo sólo cuando “mi asesino” aparece al lado de ella, a su izquierda. Al verla intenta hacerse un arma filosa, pero ella no le deja tiempo. Lo deja inconsciente con un solo golpe. Le sorprende que sea tan fácil, y te ríes para luego decir que siempre es fácil con los Coleccionistas, que la razón por la que descuartizan gente para tomar sus habilidades, es que no tienen nada propio. 
Luego, te diriges a mi una vez más.
―Puedo llevarte a donde quieras, pero quiero que te quedes con nosotros.
Quiero hacerlo, también. Nunca nadie me había visto a los ojos,nadie me habló con esa expresión, con ese tono que no sé bien qué significa...
―Es porque no habías conocido a nadie que entendiera. Es solo eso, empatía. Y yo no tengo nada de especial, excepto que he caminado en tus zapatos durante años.
Lo dudo. Al menos la tienes a ella. Es un poco mayor que tú, y no te muestra la ¿empatía? que me muestras, pero está ahí, no tiene miedo de ti y no pestañeó ni pidió explicaciones cuando le diste una instrucción.
―Cierto. Siempre he tenido  suerte con mi familia. Tal vez fue la metáfora equivocada. Yo vivo en una prisión como la tuya, con la diferencia de que no puedo olvidar. Cada futuro horrible que he visto, cada futuro hermoso que ya no puedo tener, están atascados en mi memoria, como si fueran reales. Y yo, aunque quiera estar aquí y ahora con mi prima, aunque quiera estar con mi hermana en esa cena de mañana...
―Estás viviendo lo otro. Lo que no ha pasado.
Ahora esa "empatía" está en mi voz.
Y si he dejado de llorar en algún momento, ahora esta de vuelta y con más fuerza.
―Especialmente sensible, ¿no es así? ―comenta tu prima.
―¡Que va! Sólo está conmocionando por mis muertes posibles.
―¿Tan malas son? ―es hermoso lo mucho que eso la preocupa.
―Siempre lo he dicho: morirse es malo. Sólo he conocido dos personas lo bastante locas para creer de verdad que hay muertes feas y muertes hermosas. 
―¿Yo soy una? ―adivina.
―Y él ―me señalas con un gesto animado― es  el otro.
Sí. Pero no había visto una muerte hermosa en mucho, mucho tiempo. Y no creo haber visto una tan horrible antes de... De... Creía que iba a calmarme, pero sigo llorando. Empieza a ser molesto. Y espero que esa mujer se burle en un momento.
―No se burla cuando está preocupada.
Recupero la compostura como puedo. Necesito explicarte, pero no sé cómo. ¿Que es lo que no entiendes? ¿Acaso no las viste?
―Esas, y otras mas dolorosas y menos justas. Te he estado evitando desde los quince años, Ameriev.
―¿Qué? ¡Si debo haber sido muy pequeño! Si acaso había nacido ya.
¿Tu sonrisa burlona disgusta a todos tanto como a mí?
―Quiero decir que desde entonces tomé decisiones para que nuestros caminos no se cruzaran. Hubo un tiempo en que no me importaba el futuro después de mí, y borré muchos finales. Huí de muchas muertes.
―¿Y ahora? ¿No sabías...?
―Sabía; pero ya no soy un niño, no tengo miedo de ver más allá de mí. Me gusta a donde puede llevar esto.
¿Acaso estás completamente loco?
―No completamente, pero sí lo necesario. 
―No lo entiendes...
No importa un momento bueno, no cuando lo dejas ocurrir sabiendo la muerte a la que llevará. 
―Claro que lo entiendo. Nunca he sabido como hacer las paces con esa idea. Pero es el precio de saber las consecuencias, y como no podemos dejar de conocerlas, solo nos queda sacarle provecho.
―¿Como esperas que le saque provecho a esto? ¿A todas esas muertes que tengo que ver? ¿A la forma en que la gente me teme, al terror que ustedes me causan...?
―Ver la muerte, ver el futuro, es algo que nos ocurre, así como sentimos hambre, dolor o miedo. No es nuestro don, nuestro... potencial.
Entiendo, pero no sé a dónde quieres llegar.
―Tu puedes elegirlas. Causarlas, incluso.
¡Yo no hago eso!
―Pero podrías. Ver el futuro no es solo una forma de llenarnos de pesadillas, es informacion para elegir o incluso crear las rutas hacia eso que llamas finales felices.
Dejo escapar una exclamación, un... quejido... Oh, estoy llorando otra vez. Yo intenté hacerlo, pero no tenia sentido. Y ahora ese final no existe, y las personas que estarían ahí, o estan muertas, o rotas, o... simplemente no existieron ni existirán nunca.
―Lo estás asustando ―interviene tu amiga, que malinterpreta mi reacción―. Dile la otra cosa que haces.
¿Qué otra cosa?
―Es lo mismo.
―Pero suena mucho mejor que “causar muertes” ―asegura ella.
¿Qué otra cosa?
―Evitar todas las demas. Borrar las muertes malas.
Ella tiene razón, suena mucho mejor, así que no tengo idea de porque sigo llorando.
―No es la criatura temible que me pintaste ―comenta ella―. Es un niño asustado.
―No va a asustarte a ti. Tienes solo unas pocas muertes posibles, así que no empezara a recitarlas sin querer, y si lo hiciera, no te asustarían, te pondrías toda entusiasta.
―No, no, no. A mí no me engañas, él te asusta tanto como tú a él.
―Oh, sí. Y por la misma razón, ¿cierto Ameriev? 
Asiento, y me preguntas de nuevo:
―¿Vendrás con nosotros? 
Niego con la cabeza. Pero intentas convencerme:
―Está bien, lo prometo.
―No quiero.
―Claro que quieres. Nos agradamos... lo haremos, quiero decir. 
Seguramente. Después de todo, me entiendes. Además, ya te vi suficiente para saber que no arriesgarías el cuello por mí si no te agradara.
―Entonces ven. Tener un amigo, y lo que sea que eres.... que serás con Sou  y con mi sobrino...
―No quiero matarte.
La mujer se sobresalta, pero tú... tú pareces decepcionado.
―¿Es que no lo notaste? Eso ya está fuera de toda duda. Todas mis muertes tienen tu firma, la pregunta es si lo haces a propósito; la pregunta es si yo estaré tratando de evitarlo.
―¡Qué! ―exclama ella― ¡Pero si siempre dices que escribes tu propio futuro,  como tu mentor!
―Tranquila Sou. Todo el mundo muere, y no será mañana ―le dices, como si no fura gran cosa. Luego, vuelves a hablarme en ese tono de invitación―. Ven con nosotros Ameriev, cuando me deje matar por ti, no tendrás que quedarte sólo ni volverás a estar encerrado; lo prometo.
Te creo. Es por eso que iré contigo, y es por eso que estoy llorando ahora. Es un llanto distinto.  Es un sensación distinta. 
―Se llama esperanza ―explicas―. Y cuando se vuelve en nuestra contra es terrible, pero por lo general, es lo mejor que le puede pasar a gente como nosotros.  O a cualquiera.

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