Décima mala historia: Vacío



Es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.

-Ray Bradbury

Décima de las 52 malas historias que surgen de los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea

Vacío

Tenía unos enormes ojos en sus alas. Parecía el rostro de un búho. Quizá en el lugar y momento correctos esa ilusión la hubiera mantenido a salvo, pero nada vale contra la ira de un humano frente a un invasor.
Miranda se sacó la chancleta del pie izquierdo y preparó el golpe con lentitud. La gran mariposa oscura aleteó una sola vez, antes de que...
—¡Mamá! —exclamó Jaime, saltando en defensa del insecto.
La mujer le dirigió una mirada de advertencia, pero su hijo de seis años la ignoró fácilmente, quizá porque no estaba familiarizado con esa expresión, siendo mucho mas pequeño y educado que sus tres hermanos. En lugar de dejar a Miranda tranquila para que cumpliera su objetivo, empezó un discurso sobre la naturaleza y terminó suplicando entre sollozos.
Al parecer la ira de un humano si puede ser vencida.
Esa tarde, Miranda descubrió que sacar a una mariposa del cuarto de invitados era mucho más difícil sin antes haberla aplastado con su calzado. Después de un rato aquel animal horrible estaba feliz en el jardín y Jaime estaba feliz en su cuarto, aplastando insectos en un videojuego.
No volvieron a hablar del incidente de la mariposa hasta que el mejor amigo de Clara llegó de visita al día siguiente.
A diferencia de todas esas mamás modernas, Miranda no estaba interesada en promover una relación romántica para su hija de dieciséis años y no se creía el cuento de que un joven y una señorita fueran "sólo amigos". Pero había sido educada para atender apropiadamente a los visitantes y cuando el muchacho inició una conversación, ella participó cortésmente.
No parecía tan malo, y quizá su madre le había enseñado a respetar a una dama así como le había educado para tratar con sus mayores.
Así, en media hora o poco más, Aurelio había ganado la gracia de la madre de su mejor amiga, sin siquiera detenerse a pensar que debía hacerlo. ¡Ni que estuviera en casa de su novia o en una entrevista de trabajo!
Cuando Miranda mencionó el incidente de la invasora de seis patas y la complicada defensa que había montado su pequeño hijo, él comentó lo que su bisabuela le había contado:
—El mito dice que los espíritus toman la forma de mariposas, es algo bueno.
—¿Bueno? ¿Como va a ser bueno ser acechado por espíritus?
Aurelio sonrió tímidamente, tentado a asentir y darle la razón, pero no quería contar mal la historia y dar la impresión equivocada, así que se obligó a explicar que no eran espíritus malvados sino visitantes bienintencionados. Miranda dijo que era una bonita posibilidad, pero no creía en esas cosas. Los insectos sólo eran transmisores de enfermedades, no almas de sus seres queridos.
Como la mayoría en su generación, tampoco Clara o Aurelio creían nada de eso. Los espíritus, las señales y todos esos cuentos, eran sólo para entretenerse. No les interesaban las mariposas, aunque ambos creían que eran muy bonitas, en particular si eran grandes y con ojos de ave dibujados en las alas. Miranda pensaba diferente, pero no importaba si eran bonitas o no, no podían revolotear por su casa.
Dos meses mas tarde, la mariposa volvió. Miranda debía suponer que era la misma, porque en la región era poco común esa mirada falsa. Pero, ¿acaso vivían tanto? Ella siempre había pensado que no duraban mas de tres semanas.
Inspeccionó su situación. Su primogénito alegaba con Clara, por lo visto ella estaba monopolizando el teléfono de la casa, y por lo general eso le correspondía a él. Por lo demás, estaba sola con el horrible bicho, así  que lentamente realizó el proceso acostumbrado y sus hijos ni siquiera notaron el sonido del hule contra bloque.
—¿Es la mariposa del bebé? —preguntó Clara, sentada frente a la televisión mientras el mayor ocupaba su lugar en el teléfono.
—Ni se te ocurra decirle —replico su mamá, tranquilamente, mientras tiraba el bicho muerto a la basura.
Nadie le dijo nada. El evento fue olvidado muy pronto y con el paso de los años Jaime dejó de defender a las mariposas y Clara se volvió solitaria.
Ella estaba sola y triste desde que su mejor amigo había cambiado de golpe. Si intentaba encontrar un punto de ruptura, siempre recordaría el día en que él vino por segunda vez a casa y se había comportado frío y distante.
Pero no lo asoció jamás con la mariposa asesinada el día anterior, y jamás conoció a la bisabuela del muchacho, que insistiría por el resto de sus días en asegurar que algo terrible había pasado con su bisnieto favorito, que de un día para otro se había quedado vacío.
—Si tuviera fuerza en mis piernas —diría más de una vez, al ver las mariposas a través de un ventanal—, iría a revisar esa de allá. Quizá es mi muchachito intentando volver.
—Abuela, no diga eso, que Aurelio no esta muerto, solo muy ocupado.
—¿Y es que sólo los muertos pueden volar, niña tonta? Mi muchachito habrá tenido su alma con alguien más, y se perdió de algún modo. ¿La mujer esa con la que se quiere casar, ella tiene una mariposa?
—No abuela, y cuando a usted se le metió esa idea en la cabeza, él ni la conocía. Además, se casa por conveniencia, ¿para qué la iba a visitar convertido en mariposa?
—¡Así no es como funciona! ¡Convertirse en mariposa! ¡Bah!

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