Fin del camino (mala historia Nº 27)

No sé escribir suspenso, pero al menos saqué de la pila el tema de que "este tipo de cosas no pueden durar para siempre”.

Fin del camino

Entro en pleno día, parece buena idea. No hay nadie vigilando pero supongo que eso es a cualquier hora.
El concepto de propiedad privada todavía está vigente, sobre todo para alguien como el dueño de esta enorme casa, pero ya nadie vigila nada. Hubo un tiempo en el que nadie se preocupaba por nada más que los ladrones, porque los otros peligros les parecían muy distantes. O imposibles, como dijeron los que me acusaban de ser un demente que miraba monstruos en las sombras y garras en las ramas de los árboles. Pues hoy en día hay muchas sombras y ramas de árboles. En especial, en la propiedad de la familia Molina.
Pero consigo pasar inadvertido mientras cruzo la puerta principal.
Frente a mí se abre el enorme salón, con su decoración sobria y muebles clásicos. La televisión moderna pero no gigante. Justo en la pared del fondo, el retrato de Armando Meza Molina me dedica una mirada severa.
En el piso de arriba, se oye la risa de uno de los perros del viejo. Esos no me preocupan. He aprendido a evadir y engañar a esos retrasados mentales. Pero si uno de sus hijitos mimados me encontrara... ¡O, peor aún, su mano derecha! Se me desboca el corazón de sólo pensarlo.
Necesito moverme.
No sé por que camino encontraré lo que busco, y me temo que hay mas posibilidades arriba. ¿Me arriesgo con los perros?
Probaré las escaleras de incendio antes. Ya nadie usa escaleras de incendio.
Las vías de escape se volvieron muy valiosas después de que se armó la gorda, cuando los monstruos comenzaron a cazar a los humanos. Mucho ha ocurrido desde el día en que mi hermanastra tuvo que admitir que yo no estaba loco (la población disminuyó, los humanos empezaron a cazar al cazador , mi hermanastra fue asesinada por una pandilla que creyó que el apocalipsis era un pase libre para todo...), y ahora hay calma de nuevo. Las escaleras de incendios, están desiertas.
Creen que el problema está resuelto, yo sé que no. Así como fui el primero en comprender que el amable señor Molina, con sus donaciones millonarias a hospitales, escuelas y reservas biológicas, era una fiera letal.
Y está en alguna parte de esta casa.
Oigo pasos y me oculto tras las escaleras. Justo a tiempo. Desde mi escondite veo como arrugan la nariz al pasar y entro en pánico. Estos no son los perros estúpidos, son los recién llegados: no necesariamente listos pero al parecer, con buen olfato.
El olfato y el pelo fueron lo que determinó el sobrenombre de estos monstruos, ya sea que se escaparan de un laboratorio o de un libro encantado. Hombres lobo. Mujeres lobo. Era lo primero que se le venía a la cabeza a cualquiera que los viera.
No se ven así todo el tiempo, desde luego, pero eso lo hace aún más similar a la leyenda. Los que se alejan, confundidos por mi capa y los aromas artificiales que obtuve antes de venir, se ven como cualquier par de muchachos.
Subo las escaleras, encuentro la alcoba del dueño. La puerta se abre ante mis dilatados ojos.
Contagioso como la rabia, aunque no sea por medio de mordidas, lo que esto haya sido, se extendió antes que las noticias al respecto. Pero el primero fue este hombre.
Molina, el primer hombre lobo.
Y yo me he colado en su casa.
Sonríe.
—Vaya vaya. El último humano. ¿Has venido a aceptar la oferta que te hice entes de que nadie creyera siquiera en todo esto?
No tengo mas remedio. Todos aceptaron el brebaje que los haría mas aptos para sobrevivir: la fiera y el humano, todo en uno.
La idea no me agrada, pero ya no tiene sentido ir contra la corriente.



Es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.

-Ray Bradbury

Vigésimo séptima de las 52 malas historias que surgen de los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea



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