El cirujano ciego (Relato breve reescrito)

En el foro que intento visitar este año (Foro Escritores), plantearon como ejercicio tomar un antiguo relato y re-escribirlo. Me costó encontrar uno (por sí lo quieren comparar, era éste), y aquí está el resultado:

El cirujano ciego


¿Han escuchado el sonido de una vida al extinguirse? ¿Y el llanto de una criatura cuando descubre que está sola, por primera vez y para siempre?

Yo sí.

¡He oído tantas veces ese último latido y el eco de la vida en un cuerpo sin esperanzas!

Desgarrador como es, podría tolerarlo, me parece, si no fuera porque el otro despierta. Siempre. Sin importar cuanta anestesia usemos.  Despierta, y llora.

Pero no es lo peor. La muerte y la soledad son mi crimen, pero el castigo son las felicitaciones de mis superiores y la admiración de mis colegas. Lo llaman éxito, aunque se espera más de mis habilidosas manos, porque lo común es que así ocurra: uno vive, el otro muere. El cuerpo es devuelto a la familia, el sobreviviente queda en manos de La Fundación y después de unos años deja de lamentarse por esa pequeña parte de sí mismo que le fue arrebatada... al menos, no se quejan en voz alta.

De una forma o de otra, esta organización controla a los siameses: hermanos que nacen compartiendo algún órgano interno y tienen dones extraordinarios de mayor o menor utilidad. Al principio no realizaban la cirugía cuando el riesgo de muerte era muy alto, pero cuando descubrieron que las habilidades sólo duraban en los que eran separados,  decidieron que eran mejores las inversiones a largo plazo.

Es todo lo que estas criaturas en la mesa significan para ellos. Con el control de los superhumanos, viene el poder sobre las personas comunes; así que harán todo lo necesario para que cada uno de los siameses permanezca en sus manos.

Cada tanto, alguno intenta desobedecer, incluso pelear. Los más rebeldes consiguen que los dejen en paz por un año o un lustro. Pero, tarde o temprano, regresan con mas fuerza.

Y yo soy parte de esto. Con el corazón tembloroso y las manos firmes, hago todo lo que puedo para, al menos, salvar ambas vidas en cada operación. Y cuando acabo y en lugar de llanto escucho los dos corazones trabajando a punto, casi tengo el valor de visitar mis pequeñas hijas.

Mis hijas.

El primer caso en que ambos sujetos lo lograron.

Estaban aterradas ante la idea de no respirar juntas, y claro que yo no quería que pasaran por eso. Pero no podía evitarlo, así que lo hice con mis propias manos para asegurarme de que estuvieran bien. Esa proeza cambio la forma en que La Fundación me miraba, y no sé hasta que punto fue una amenaza y que tanto fue una oferta, pero el caso que acabé haciendo un trato con ellos.

Sueño con el día en que ellas tengan edad para explicarles lo que hoy hago para mantenerlas a salvo, lejos de la maldad de La Fundación... en brazos de su madre. He imaginado la escena miles de veces. Sus silencios de confusión, el grito ahogado cuando empiecen a entender. Quizá suspiren, al final, resignadas ante el horror del mundo. Probablemente lloren. El final cambia cada vez que lo pienso, pero cuando me siento optimista, imagino que intercambian un silencio furioso y sólo el sonido de sus pasos y el golpe de la puerta al cerrarse me advierten que  mis niñas no pueden perdonarme.

No podrán perdonarme, y no harán nada como lo que he hecho.

Todos esos días en el quirófano, incluso más horribles que el primero: ese en el que el llanto era mío y la vida que se escapaba era la de mi hermano.



¿Qué dicen? ¿Mejor, o peor?

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