(Relato) Causa de muerte

Una locura más. Esta vez vista desde fuera.

ADVERTENCIA. 
No apta para niños y adolescentes. 
Está historia habla sobre un suicidio ficticio. El tema no se maneja de manera profesional y quizá carece de tacto. No leer si ese tema los afecta directamente de cualquier modo. 

No me informé sobre la condición mental real que puede llevar a este punto; el relato no pretende reflejar la realidad, sino explorar los procesos mentales de un personaje totalmente ficticio con motivos extraños. Así que no le den mayores proporciones de las que tiene.

Causa de muerte

Cuando lo intentó la primera vez, nadie se explicaba el porqué. 
Era una chica lo bastante bonita (aunque no fuera despampanante, tampoco), con el dinero y la simpatía que se requieren para que todos en tu colegio te tengan algún tipo de aprecio; para que la gente haga excepciones por ti, sin esperar que las hagas por ellos. No era una rubia tonta, no era una belleza intolerable. Al contrario, era inteligente hasta cierto punto y casi siempre era amable.

Pero bueno, sabemos que esa gente con tantas virtudes y privilegios rara vez tiene la cabeza en su sitio. Tenerlo todo no significa que lo valores, de hecho, suele ser al contrario, porque las personas somos así de locas. Pero no ella. Esta chica sonreía cuando no sabía la estaban mirando. Cantaba a viva voz cuando nadie la oía... o cuando creía que no la oían. Y tenía preguntas hasta más no poder, porque quería entender el mundo.

Era por eso que le gustaba tanto la clase de ciencia.

Todos sabíamos que todavía tenía preguntas, que buscaba respuestas. Solía hablar de este gran proyecto que tenía en mente, y buscaba consejo en sitios que nosotros no habríamos visitado ni por casualidad. No teníamos interés, no nos recibirían. Pero ella se abrió paso en un mundo de académicos en campos dispares, buscando guía para su investigación personal, ese asunto que comenzó en la clase de Filosofía, cuando ella y Pablo Imanol casi se fueron a los puños por las definiciones de mito y religión.

Si el profesor se demoró tanto en interrumpir el conflicto, fue porque estaba tan pasmado como nosotros. ¡Sí esos conceptos estaban bien delimitados! ¿Cómo era posible que los dos estudiantes más notables de su clase pudieran estar confundidos al respecto? Porque uno de los dos debía estar bastante perdido, si sus opiniones eran tan opuestas. Ni idea de cual de los dos. El propio profesor estaba un poco perdido, me parece. Porque eran tan convincentes, o tenían tan buenos argumentos... como sea que eso se defina. Y ahí esta el asunto, que a pesar de lo violenta que se puso la cosa, ella siempre había querido saber, entender... nada de lo que hacía era sobre tener la razón o ganar o aprobar un examen. Así que exploró todo el tema, buscó algo que abriera su mente como para entender la postura de su némesis sin tener que renunciar a esa de la que estaba tan convencida, así que fue y se lleno de información inútil que a ella le debe haber parecido muy útil porque luego inició el trabajo de su vida. 

O, mejor dicho, el trabajo de su muerte.

Lo explicó a su psiquiatra, a sus maestros, a sus amigos... ¡Hasta conmigo habló! Pero nadie entendía de que demonios hablaba. Sin duda no lo entendía yo.

Siempre he sabido que el suicidio es cosa de no estar vivo... es decir, desde que entiendo el concepto, las consecuencias, los motivos de algunos casos bien sabidos... El suicidio no es algo que hacen las personas que quieren morir. Lo hacen las personas que quieren dejar de ser. Los que huyen de un lugar oscuro, o de una persona temible, o de un pasado irreparable. Los que temen a la hora veinticinco, los que se decepcionaron de todo lo que esta realidad les ofrecía. Gente que no quiere estar viva, elige morir.

Y, como muchos, le dije que era una locura renunciar a una vida como la suya, tan envidiable. Pero ella no hizo un recuento de como su vida no era tan hermosa, ni me confesó el horrible motivo por el cuál jamás podría ser feliz a pesar de toda la belleza entre sus manos. En cambio, asintió, sonrió y me dijo que lo sabía. Que por eso estaba en un hospital de ese tipo.

Por un segundo creí que eso era todo. Creí que había entendido que estaba mal de la cabeza. Pero al instante estaba explicándome que había tomado con cuidado la decisión de sacrificar algo tan bello. No tenía miedo, dijo, pero sí algo parecido a la nostalgia. Una rara certeza de que echaría de menos respirar y leer.  Pero no iba a detenerse por eso. Iba a encontrar sus respuestas.

Pensé que, ¡pobrecita!, deliraba, y nunca le pregunté de nuevo sobre el tema. Porque la gente no quiere hablar de esos temas. Si la muerte es horrible, el suicidio es... igual de triste, igual de irreparable, pero más desagradable. Así que la dejé. Y la dejaron todos. Y si el psiquiatra preguntaba, es obvio que no escuchó la respuesta (cómo yo). Así que nadie intentó pedirle que fuera razonable, o por lo menos paciente.

Pero la cosa es que la chica quería saber como era del otro lado, y ya se le habían acabado los medios para investigar. Sólo podía hacer una cosa más: ir.

No sé si era más lista que los demás. O más tonta. O sí sólo le faltaba un tornillo. Sólo sé que es la primera persona de la que he oído que de verdad quería morir en lugar de escapar de su vida, y que alguien debió explicarle que no era necesario desgarrarse la garganta para descubrir todas sus respuestas, porque esta vida física (ya sea la única, o la primera, o un paso o lo que sea en lo que creas) no se recupera, en cambio la muerte... ese es un tren que nadie puede perder, así que ¿por qué tan ansiosa, querida? ¿Por qué?

¡Mira cuantas vidas destrozaste!

Mira cuantas preguntas no pueden contestarse de aquel lado (asumiendo que exista).

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