[Relato] El profesor de magia

Eres el último en recibir una invitación. Sabes que no debe ser gran cosa, porque tú no eres la gran cosa, pero igual te entusiasma ser uno de los seleccionados para impartir clases en el último colegio en funciones.

Es cierto que el espectáculo y la búsqueda de personas, mascotas y objetos perdidos paga mejor, pero prefieres enseñar. Los chicos a los que has dado clases irregulares durante los últimos siete años no tenían nada de malo, pero a ti te atrae la idea de una estructura, a lo mejor es cierto que tienes alma de viejo.

Así que te metes en tu traje de mago, con todo y el sombrero —sin palomas, eso es para prestidigitadores— y tomas un tren que te deja a dos cuadras del edificio más grande de la ciudad más pequeña del país.

Muestras tu mejor lado, responsable y ordenado, y te tomas la molestia de intimidar un poco al niño que tartamudea en la última fila, porque sabes que es la maldad lo que se valora en esta institución —¡si lo dice su nombre: maldad e indiferencia!

Así corren los días. Amas la planificación constante, asignar calificaciones por primera vez. Odias la forma en que te ven cuando les gritas. Unos podrían llorar, otros... son un poco aterradores. Pero no tienes corazón para gritar solamente a los que no van a buscar venganza, así que tienes que tolerar ronchas, trampas y alguna humillación pública los martes.

Puedes vivir con eso, o al menos intentarlo, pero no puedes evitar encariñarte con algunos. El chico tartamudo tiene un don para esto, aunque no podría pronunciar una palabra mágica así su vida dependiera de ello. La presidenta de la clase es negada para la materia, pero comprende todo y se hace a la tarea de entrenar al chico bizco que al inicio no entendía una palabra —y probablemente nunca llegará a hacerlo— pero si puede congelar el vapor con solo decir 'cero'. Hay un estudiante en primer año que no deja de echar las cartas hasta que consigue entender algo, no importa lo difícil que el tema le resulta.

Enseñarles es tan gratificante que no puedes encontrar indiferencia. Empiezas a asignar proyectos extra, a recomendarles técnicas de estudio, e incluso ayudas con algunos problemas personales.

Un día descubres que tomaste partido en la mayor parte de las guerras declaradas entre algunos estudiantes, e incluso te involucras en las batallas que se libran en secreto.
No puedes continuar con la intimidación y los castigos en forma de hechizos espantosos, y no es una sorpresa que pronto las autoridades del colegio quieran hablar contigo.

Te van a despedir, estás seguro.

Pero quizá no es una decisión inapelable. Quizá te den algún tipo de advertencia. Pero aunque no te pongan de patitas en la calle ahora mismo, ¿como vas a adaptarte? ¿Como vas a mantener los estándares del instituto?

Estás muy nervioso, pero te presentas con la cabeza en alto y saludas sin temblor en la voz.
Preguntan sobre un estudiante destacado en tu materia y te limitas a recitar los hechos: tiene buenas notas porque su desempeño mágico es impresionante, le dejaste conservar la llave del armario de utensilios e ingredientes porque trabaja incansablemente. No clamas que 'no es favoritismo' porque sabes que sí, así que supones que sonarías culpable.

Esa llave, dicen, es lo que te ha traído a esta oficina. Te explican que ese chico que parece de lo más inofensivo, viene de una familia de ladrones, y dejarle acceder al armario así, sin supervisión, acabará en la desaparición de todo lo que ahí se guarda.

¡Pero que gran alivio! Basta con explicar que lo monitoreas en secreto y que los invaluables implementos mágicos están encantados para regresar al armario cada lunes, justo a la medianoche.
Por supuesto que sabes que tus estudiantes pueden obviar tus reglas, no todos ellos valoran la estructura, y todos tienen ambiciones siniestras y métodos astutos. Eso es este colegio.

No eres como ellos, pero sabes como manejarlos.

Y así, siguen los días. Estás en tu elemento.

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