Únicos en su especie

Otra vez me contaron una historia sobre ese salvaje que ve por primera vez a una mujer. Por lo general no me da mucho que pensar... por lo general cambio el canal de inmediato. Pero esta vez leí un poco entre líneas.
Educado con modales que muchos humanos ya no enseñan a sus hijos, pero salvaje al fin, este individuo jamás había visto una humana. Hasta que lo hizo. Y ella lo vio, y se maravillaron por razones prácticamente opuestas. Se liberaron endorfinas y se desencadenaron algunos impulsos primitivos. Supongo que la primera vez que me contaron la historia, me pareció muy romántico lo del amor a primera vista (o no puse atención y no me pareció nada, quién sabe).
Hoy en día, quizá porque estoy vieja y amargada (aunque lo segundo lo he sido siempre), o por el orden en que va esta versión, el asunto me parece de lo más crudo y vano. Cualquier persona racional les dirá que es natural que un hombre salvaje se “enamore” a primera vista de “la única mujer”.
Dirán, ¡oh, cosas del amor!, que estarán juntos para siempre. Pero eso es un “veremos” incluso cuando un hombre y una mujer pasan décadas sólos porque no encuentran a su pareja perfecta y después de mucho coquetear con la gente equivocada se encuentran y son felices. No digamos en esas circunstancias en que no hay punto de comparación.
Cómo esa historia no fue de mis favoritas, no sé nada sobre ella. ¿Habrá una versión por ahí que cuente lo que ocurre cuando él descubre otro centenar de mujeres? Unas más parecidas a él. Otras más tradicionales que ella. Mas bellas... o más feas. Bajitas, altas, gordas, atrevidas, esqueléticas, discretas, elegantes, inteligentes, sensatas, femeninas, liberales (para su época), tímidas, extrovertidas, impresionables, presumidas, impresionantes... ¿Será que su mamá-gorila lo educó para elegir una sola vez? ¿Estará todavía conforme con su elección? Esa es una tremenda historia de drama, con devaneos y decepciones y quizá un final feliz totalmente injustificado, cuando después de conocer a todas él decide que es hora de sentar cabeza y regresa a la primera por el bien de la trama.
O, quizá no lo haga. Quizá se enamoré de verdad de una mujer distinta, y así, nuestra protagonista encantadora, se vuelve la “malvada mujer celosa” como efecto del cambio de enfoque. Eso por sí solo es una gran tragedia.
Pero no es necesario que haya una tragedia. Quizá en lugar de eso, obtengamos la más hermosa historia de amor, con la simplicidad de una verdad inamovible, una de esas historias que todos consideramos un mito pero deseamos creer: que este hombre puede dejar de ser salvaje y seguir siendo libre; que puede conocer a todas estas mujeres sin siquiera inmutarse, que aún ama a esa criatura curiosa y aventurera que solía ser la única mujer y, por algún motivo, sigue siéndolo.

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